
Carta enviada el 14 de junio 2026.
por Charano Saldaña
charanosaldana94@gmail.com
Estimado director:
La noche lo adoptó antes que pudiera entenderse,
aprendió a sonreír roto y a destruirse en silencio.
Dicen que el infierno quema…
pero nadie habla de lo frío que se siente por dentro.
Sale buscando paz y termina en otro exceso,
rodeado de gente, pero muerto por dentro.
La mandíbula tensa, la mirada perdida,
otro vaso vacío decorando la ruina.
Prometió dejarlo después de aquella vez,
pero el dolor siempre vuelve con sed.
Y cuando la ansiedad le aprieta el pecho,
el polvo le susurra: “yo sigo aquí, no te dejo”.
Cada raya le roba un pedazo del alma,
aunque por segundos le regale calma.
El corazón acelerado como sirena de patrulla,
mientras la paranoia en la mente le murmura.
La madre nota cambios que él nunca explica,
ojos sin brillo, respuestas vacías.
Y aunque dice “todo bien” con una sonrisa falsa,
lleva una guerra civil explotándole en la espalda.
Porque el vicio no entra rompiendo la puerta,
entra cuando la tristeza te encuentra.
Te hace sentir gigante un instante…
mientras lentamente te quita la sangre.
Inhaló tantas líneas
que ya se convertía en el Diego,
la diez de Argentina no estaba tan lejos.
Pero no había gloria detrás del festejo,
solo un alma cansada perdiéndose en el espejo.
Y aunque juraba que tenía el control,
cada recaída lo alejaba más de quien fue.
Buscando en gramos lo que nunca encontró:
amor propio, paz… o razones para no romperse.
Las noches ya no terminan cuando sale el sol,
terminan cuando el cuerpo aguanta el dolor.
Insomnio pegado como sombra maldita,
pensamientos oscuros chocando en su vida.
Se quedó sin sentir las canciones bonitas,
ahora solo escucha el ruido de su mente vacía.
Los amigos reales se fueron alejando,
y los falsos solo aparecen jalando.
Tiene el ego alto y el corazón destruido,
habla fuerte porque se siente perdido.
Y aunque aparenta ser alguien invencible,
hay un niño roto llorando invisible.
Cada espejo le devuelve un desconocido,
un rostro cansado pidiendo auxilio.
Porque el polvo no cura demonios internos,
solo los duerme… pa’ despertarlos más intensos.
Y tocó fondo tantas veces
que empezó a confundirlo con su casa.
Pero incluso en la oscuridad más pesada
todavía existe una chispa que no se apaga.
Inhaló tantas líneas
que ya se convertía en el Diego,
la diez de Argentina no estaba tan lejos.
Pero entendió demasiado tarde
que estaba apostando la vida en el juego.
Ahora camina entre recuerdos y arrepentimientos,
tratando de reconstruirse por dentro.
Porque el verdadero infierno no fue la cocaína…
fue ver cómo poco a poco
dejaba de reconocerse a sí mismo.
Charano Saldaña