Los zapatos del otro

Almendra envía un poema que aparentemente habla sobre zapatos, prenda encargada de ocultar dedos chuecos y protegernos del pedregoso camino. Sin duda, nuestra prenda favorita. Realmente y metafóricamente.
Admin Calavera
6 de junio de 2024
  • Carta enviada el 5 de junio.
  • por Almendra
  • @fer_jentw

Estimado director (o eso creo).
Le mando el siguiente poema ya que no tengo con quien más compartirlo y me gustaría oír opiniones externas a las mías. Gracias.

Los zapatos del otro

Ponerte en los zapatos del otro;
A eso se le llama empatía.
O eso es hasta que tú eres el otro
¡Vaya hipocresía!

En un mundo moralista no todos tienen moral,
Debido a que "si la desgracia no es mía
¿Por qué debería importar?"

A nadie le importan los problemas externos.
Nada de "ponte en sus zapatos".
Y todos porque son ajenos
A las desgracias que nos están pasando.

Todos se jactan de su empatía
Cuando solo quieren el chisme, no ayudar.
Hacen oídos sordos cuando oyen "hipocresía"
Y se ofenden cuando les recalcan su mal.

Los zapatos del otro son incómodos,
¿A quién le gustaría llevarlos?
Porque se supone que somos autónomos
Y sabemos como cuidarnos.

Aunque vaya que nos falta empatizar más;
Y si queremos progresar como sociedad
Hay que pensar en el otro, en sus necesidades
Nada de mirar a otro lado y hacerte el que no sabes.

Almendra

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One comment on “Los zapatos del otro”

  1. Conocí los zapatos de un chico con los que realmente era difícil empatizar. Olían a diablos. Pero él sin embargo me parecía un tipo agradable; era un profesor de teoría política, tenía un doctorado en Suiza, hablaba inglés, francés, holandés, bailaba tango tan elegantemente, cocinaba como los dioses pero tenía un talón de aquiles justamente cerca del talón: olor a pie. "Pie de atleta" le dicen eufemísticamente al hedor a hongos (no alucinógenos, pero casi). Así, cuando empezaba a hablar de sus teorías de las constituciones latinoamericanas era imposible concentrarse: la lucha revolucionaria de sus hongos lograba conquistar mi concentración. Era difícil empatizar con sus zapatos. Olían a diablos. Eso sí, fui tan hipócrita fingiendo atención por sus teorías, fingiendo no oler, pero cada palabra suya parecía entrar a una máquina procesadora que transformaba cada sílaba en un hongo. Difícil habría sido ponerme en sus zapatos, parecían eso sí, muy cómodos, brillantes, bien lustrados, elegantes, como él. Es tan difícil no ser moralista en el reino funghi, donde en el sitial más bajo de la jerarquía alucinógena se ubican estos seres que habitan en los pies, luchadores por generar experiencias místicas a seres en búsqueda espiritual.

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