
He mirado un rostro ferozmente potente,
de rasgos suaves, de diversas direcciones.
Lo he enrostrado hasta hacerlo caer como nube,
Y vi, atrás, el verdadero Rostro, sin delante ni detrás.
Era el rostro sin cara, vacío,
Pero que miraba, ¿por dónde? Vacío,
Sin oídos, pero que escuchaba ¿por dónde? Vacío,
Sin nariz, pero que presentía ¿por dónde? Sin máscara,
Sin palpitación, sin vida, pero muy severo.
Era una máscara tan verdadera e invisible
Erguida sobre el tronco en esta tarde de verano.
Detrás de la persona hay un rostro hecho de orden,
Un rostro semejante al brillo de la espada.
¿Se puede ser sin ser algo? Como la presencia que trasciende
De las arboledas, entre el cielo y las hojas, la pequeña niña observada
Entreabría su cara a unas ráfagas y mostraba el Aspecto.
Día muy benéfico a mi entendimiento y locura,
Que con tanto reposo me libras del amor y el dolor:
Junta en mí tus anchas palmas de luz a tu tiempo obscuro,
Y los instantes desperdiciados y las verdaderas luces que ocurren
Instalan el momento de mi único Rostro.
Así he de besarte algún día, mujer cuyo rostro separo como aguas,
Como separo tus labios y despejo tus ojos hasta verte bien.
Ya el amor no es posible, ni la vida. Como en fondo de estanque seco,
En tu fondo quedará pegado, semejante a hueso o inscripción,
El tiempo que es mi aureola, mi nicho: ¡tiempo fiel!
¿Escucháis madurar los duraznos a la hora del estío,
a la venida del sol, mientras un príncipe danza
en vísperas de su coronación?
Yo pienso en el gusano.
¿Oís podrirse los duraznos en el granero,
al atardecer, mientras las fechas del reino
caen de los tronos
y el viento las amontona, las dispersa y olvida?
Yo pienso en el gusano.
Si veis montar el agua de la noria,
con un niño fijamente asomado al brocal
frente a frente al abuelo
y se siente el beso de los amantes como una hoja seca
que al pie del tiempo aplasta crepitando:
¿los amantes están muertos? No preguntéis con torpeza.
Pensad en el gusano.
Al borde del pozo, gusano y amante,
los dos punteros del reloj.
El agua está vacía y la amada es un torrente
de mil rostros despeñados.
Ambos sedientos, un sol varonil frente al otro
sol, también varonil,
pero llorando y sombrío:
el de la aurora y el atardecer, íntimamente coludidos,
aparentemente enemigos y cuán quebrantados.
(Puedes revisar más versos de este poema en el siguiente enlace)
La puerta puede abrirse,
puede entrar el ladrido del perro,
sin que necesitemos saber nada.
Mientras no entre el viento en nosotros
cuando tenemos los ojos viajando entre los muebles
de la diversidad de los miedos de cada muerto,
podemos reír entre la espuma de lo oscuro.
La seguridad del que abre su vestido privado,
dejando mostrar las huellas blancas de los delirios,
con un poco de fuerza se logra concentrar la ceniza invisible,
la sombra, mi muerte particular.
Piedras en la mirada, ya sólido su silencio,
pasos de las manos solas en el cuerpo.
Es así como amamos el aire de la estatua,
el aire que nos empuja a la vejez.
El hombre camina a una habitación semejante
y se coloca el traje que lo conduce para siempre.
Amé vivir en cielo inmaculado,
labrado en soledad y muerte pura:
igual que el cielo, ileso mi costado
creció sin sangre, fuerza ni premura.
Inquieto, como tiempo amortajado,
Al sentirme sin vida ni amargura,
torné a tu fuego de ángel derramado
olvidándome yo en la quemadura.
Así, furioso, incierto, desvelado,
locamente veloz e iluminado,
iluminado en goce y en dolor:
Contigo quemo el cielo y el reposo,
inauguro al Terrible y al Hermoso
Amor, Feroz Amor, ¡oh dulce Amor!
En un rincón de tu cuarto hay un caballo sonámbulo que no te dejará dormir con sus mármoles desvelados. Hay una hoja de amianto finísima que busca colocación entre la pared y tu alma. Entre hielos, hermosa muchacha, no mires, no te muevas, no constates: ni el amor que reclama su parte recíproca imperiosa, ni la situación de urgencia blanca de tu cuerpo aprisionado por un fuego del cual no puedo fijar la procedencia, porque ha nacido justamente del espacio que media entre yo y tú, entre tu presencia y mi destemplado deseo que se agita como una lengua, en este recinto, como en un abismo,
Por lo demás, no creo que te cieguen tus propios delirios o tu transparencia que deja sospechar más de lo existente. No te muevas, no percibas, no conozcas. Mujer, fosforescencia querida, ¿podrás dormir?
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