
Carta enviada el 14 de septiembre 2026.
por Charano Saldaña
Estimado calavérico director:
Hoy vengo a dejarte una confesión.
Una de esas que uno escribe cuando la noche se vuelve demasiado silenciosa y los pensamientos comienzan a hacer ruido.
Han lastimado a alguien por quien sería capaz de entregar la vida sin pensarlo dos veces. Y quizás lo más cruel no ha sido enterarme de sus heridas, sino escuchar el miedo en su voz; ese miedo de quien siente que podría tener que convivir eternamente con fantasmas que nunca pidió conocer.
Y entonces, calavérico director, algo dentro de mí comienza a despertar.
Hay un demonio que llevo encerrado.
No detrás de una puerta.
No detrás de una cadena.
Bajo siete llaves.
Lo mantengo ahí porque conozco su naturaleza. Sé que no conversa, no negocia y no entiende de grises. Cuando despierta, todo lo mira con los ojos de la rabia y convierte el dolor en combustible.
Durante años he aprendido a mantenerlo dormido.
Pero basta con escuchar el miedo de alguien que amo para sentir cómo araña las paredes de su prisión.
Y confieso que, por un instante, quise abrirle la puerta.
Quise dejar que saliera.
Quise que caminara por esos lugares donde alguna vez caminaron los monstruos y les recordara que no todo queda impune.
Pero después pensé en las consecuencias.
Porque el infierno también puede disfrazarse de justicia.
Y quizás ese sea el verdadero peligro: creer que porque nuestra causa es justa, cualquier camino para defenderla también lo será.
A veces uno quiere convertirse en monstruo para destruir a los monstruos.
Pero ¿qué queda de nosotros después?
Quizás nada.
Quizás solo cenizas.
Y mientras más lo pienso, más entiendo que mi mayor batalla no es contra quienes hicieron daño.
Es contra esa parte de mí que quiere responder al dolor con más dolor.
Porque podría dejarlo salir.
Podría permitir que la rabia tome el timón.
Podría hacer cosas que después no tengan vuelta atrás.
Pero existe algo que amo más que mi propia rabia.
Y es precisamente por eso que debo contenerla.
Porque sería una ironía demasiado cruel que, intentando proteger a alguien, terminara convirtiéndome en otra razón para que esa persona tenga miedo.
Así que no, calavérico director.
Esta noche no voy a abrir las siete cerraduras.
Voy a dejar al demonio donde pertenece.
Encadenado a la oscuridad.
No porque haya desaparecido.
Sino porque aprendí que tener un demonio dentro no te convierte en monstruo.
Lo que te define es quién sostiene las llaves.
Y esta noche…
las sostengo yo.
Charano Saldaña