
Carta enviada el 09 de julio 2026.
por Estephano Garrido
Estimado director:
Llevo desempeñándome como psicólogo en el servicio público por más de 8 años. No ha sido un camino fácil, y a día de hoy se mantienen brechas que poco y nada han sido subsanadas por el estado mismo respecto a variadas materias. Pero aún así, hay algo que me tiene atado acá, la vocación por trabajar con las personas mayores.
Desde universitario que tengo mi norte claro, mi desempeño profesional está abocado al trabajo con las personas mayores, mal llamados adultos mayores. Pero más allá del lenguaje, que inevitablemente está arraigado a la cultura, he precisado ciertas cosas que, también ligadas a esta, me hace pensar que vivimos en una sociedad anti senil.
¿Cómo lo noto?, es una pregunta muy psicológica cuando un síntoma cambia nuestra rutina, y en el mundo persona mayor esto tiene considerables respuestas; baja accesibilidad universal, paupérrimas pensiones, no dar el asiento en el transporte público, el tiempo de los semáforos, que las personas les griten cuando les hablen o que los infantilicen. Todo esto es síntoma de una muy baja educación gerontológica.
Me parece extraño ¿sabe?, porque todo envejece. Desde el segundo en que somos paridos que el proceso comienza y no se detiene hasta la inevitable muerte. Todo lo hace; los árboles, los animales, el ser humano, la ropa, el planeta e incluso lo hará el sol. En un país que para mediados del 2050 tendrá más de siete millones de personas mayores ¿qué estamos haciendo?
¿Qué necesita el estado para darse cuenta que SENAMA debe ser un ministerio autónomo? ¿Qué necesitan las universidades para incluir en sus mallas el área de la geriatría? ¿Qué pasa con los profesionales que estamos formando en este país, que son enderezados en el camino de la productividad monetaria por sobre los valores que se enfocan en mantener una sociedad sana e inclusiva?
Tengo más rabia que preguntas. Todos los días atiendo y escucho a personas que me traen problemas que causan indignación; porque su AFP les calculó la vida hasta los 120 años, porque la familia los abandonó, porque el RSH no les permite una ayuda social, porque el sistema de salud no cubre ni sus enfermedades ni sus medicamentos, porque los geriatras son menos de 200 en Chile para más de tres millones de personas mayores.
Yo escucho esto, y veo también la propia decepción de quienes dedicaron toda la vida a parar un país, y, por otro lado, para que sus hijos tuvieran más oportunidades que ellos.
Chile es un país joven señor director, pero a medida que estos ligeros 25 años pasen, estará repleto de personas mayores. Esta revolución demográfica está reventando en la cara de todos nosotros, y ni para campañas electorales lo han usado, porque al parecer a nadie le importa. Y para los que nos importa, no nos queda otra que sumarnos a una rabia llena de canas, que anhela un pasado donde nadie nos espera, que vive un presente donde nadie nos habla, y que se asoma a un futuro repleto de una lacónica soledad.
Estephano Garrido