
Carta enviada el 13 de agosto 2026.
por Charano Saldaña
Señor Director:
Es cierto que dolía ver vacío el plato cuando era pequeño, pero de grande duele más ver el vacío de las sillas. De niño, uno aprende a convivir con ciertas carencias. Aprende que a veces no hay suficiente, que hay que repartir, que el hambre se aguanta mirando a otro lado.
Pero de grande, uno se da cuenta de que las ausencias pesan más que las carencias, que la soledad no se llena con pan, y que el vacío de una silla en la mesa es un recordatorio silencioso de lo que se fue, a veces el plato lleno no significa estar satisfecho, y la mesa repleta puede sentir la más vacía de todas.
Cuando me siento y veo las sillas vacías, entiendo que la casa no se llena con cosas, sino con presencias, que la vida es eso, sentarse, compartir y agradecer que hoy, por lo menos, la mesa tiene a alguien enfrente.
Charano Saldaña