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A las calaveras que me leen:
Una vida llena de sueños, de esperanza, palpitante de imaginación. Una altura inmerecida que trajo consigo un vértigo que, de tonto o de despistado, no supe interpretar.
Nadie te lo cuenta. La vida no es amar, no es crear, disfrutar o perderse en la lectura: todos moriremos y la vida es trabajar.
Horas, tras horas, tras horas, pasan los meses como un injusto remolino imparable, rápidamente las canas acechan mi orgullosa negrura. Achaques, expectativas sepultadas, metas incumplidas, dolores crónicos y soledad, desapego, intrascendencia, soledad, soledad, soledad.
Esquivas como puedes los peligros de este siglo enfermo, pero también debes trabajar, trabajar, trabajar, trabajar.
Horas, tras horas, tras, horas. Pasan los años como la mayor injusticia, y sólo quedan imágenes, la mayoría dolorosas, la mayoría irrelevantes. Mientras que esos momentos coloridos que te han mantenido en pie, se acumulan trágicamente en la botella de la nostalgia: el horror de no poder volver atrás, el desgarro de haberse equivocado, la rabia del tropiezo, la amargura de las malas decisiones.
No hay excusas. Levanta esa mochila imposible de levantar, la culpable de ser quien eres, porque debes trabajar y trabajar y trabajar y trabajar. Rezando en secreto para que El Terremoto parta en dos o en tres al mundo entero, llorando la carta cada vez que la cuesta te doble las piernas.
A las calaveras que me leen: olvidé que era feriado y trabajé como cualquier lunes de la clase media. No cometan mi error. Sean malos trabajadores, que la vida no perdona.
La vida no perdona y yo les dejo un abrazo.
Atentamente,
Director 💀