La hebra invisible de mi abuela: memoria de un matriarcado

Este año, el invierno pareció impregnarse más hondo en los huesos, quizás porque nos faltaba el fuego que mantenía tibia a esta familia. Mi abuela, la "mamita", emprendió el viaje final, dejando tras de sí un silencio espeso (...)
Admin Calavera
4 de enero de 2026

Carta enviada el 29 de diciembre 2025.

por Marisol Bórquez

Linkedin: Marisol Bórquez Galaz

Este año, el invierno pareció impregnarse más hondo en los huesos, quizás porque nos faltaba el fuego que mantenía tibia a esta familia. Mi abuela, la "mamita", emprendió el viaje final, dejando tras de sí un silencio espeso y una sensación de orfandad que nos golpeó a todos. Su partida no fue solo el fin de una vida biológica, sino un desplazamiento tectónico en nuestro mundo privado; el centro de gravedad se movió y, por un instante, quedamos suspendidos en el aire.

Sin embargo, al mirar atrás no veo la fragilidad de la muerte, sino la estela de una fuerza de la naturaleza. Su casa era el epicentro de un clan gobernado por la fuerza femenina. Allí, entre el aroma a pan tostado y las discusiones apasionadas, el matriarcado no era teoría, sino el aire que respirábamos. Crecí observando cómo ella y mi madre se erguían como cimientos. En esa casa llena de risas, se criaban mujeres independientes. Mi madre bebió de esa fuente y vertió esa misma agua en mí, creando un linaje de mujeres que no piden permiso para existir.

Para convertirse en ese roble, mi abuela atravesó su propio desierto. Quedó viuda a los cuarenta años, con el corazón roto y siete hijos aferrados a sus piernas; siete bocas que alimentar y siete futuros que inventar. Cualquier otra se habría derrumbado, pero ella transformó el dolor en combustible. Sola, contra los vientos de una época difícil, cosió el porvenir de su tropa negándose a ser víctima. No tuvo el lujo de rendirse; se tragó las lágrimas para no salar la comida y sacó fuerzas de las entrañas de la tierra.

Tenía una filosofía de supervivencia que repetía cuando nos veía flaquear: “Si le duele, mire para el otro lado”. No era una negación cínica, sino sabiduría ancestral. Nos enseñaba que, si uno se queda hipnotizado contemplando la herida, el dolor se vuelve el único horizonte. Ella nos invitaba a mirar hacia la vida, hacia el trabajo. Era su forma de decirnos que la resistencia es un acto de voluntad.

Esa lección se entrelazó con la ternura de aquellas tardes en que me enseñó a tejer. Mientras sus dedos danzaban entre las lanas, me entregó el mapa de la existencia: me mostró que la vida es un tejido paciente. Si una hebra se enreda, se respira hondo y se desenreda con calma; si el diseño sale mal, siempre se puede destejer y volver a empezar con más sabiduría.

Hoy, aunque su silla esté vacía y extrañemos su voz, sé que no se ha ido del todo. Los espíritus fuertes quedan impregnados en los gestos heredados. Su fuerza es ahora mi brújula interna. Cuando la pena amenaza, escucho su voz susurrándome que no me detenga, que mire para el lado, y siga tejiendo, incansable, mi propia historia.

Marisol Bórquez

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