
Carta enviada el 12 de marzo 2026
por Loretta Dalveda
habloconelipsis@gmail.com
Estimado Director:
El 11 de marzo fue el cambio de mando en nuestro país. No oculto que el presidente electo no era mi candidato. Esa mañana, algo densa, me encontró comenzando una nueva lectura: La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera. No tuve que avanzar mucho para encontrar algo que parecía responder al momento que estaba viviendo.
Kundera habla del eterno retorno: la idea de que todo lo que vivimos podría repetirse infinitamente. Pensé en ello con una calma extraña, como si esa idea siempre hubiese estado en algún lugar dentro de mí.
Si las cosas se repitieran una y otra vez, cada decisión tendría un peso insoportable. Pero si solo ocurrieran una vez, si la historia pasara y no volviera, entonces todo se vuelve leve. Tan leve que incluso aquello que debería permanecer grabado en la memoria comienza a disolverse.
Quizá por eso las sociedades olvidan. No porque ignoren lo ocurrido, sino porque el tiempo vuelve los hechos más livianos. Los testimonios se transforman en relatos, los relatos en discusiones y las discusiones en opiniones. Así, el dolor palpable termina convertido en una idea.
Mi generación no vivió directamente ese pasado. Lo conoce a través de voces, documentos y memorias transmitidas. Sin embargo, algo persiste: la intuición de que el sufrimiento de otros no debería volverse ligero con el paso del tiempo.
Tal vez por eso ciertos procesos regresan. No de la misma forma ni con los mismos rostros, pero sí en esencia. Como si las sociedades empujaran una piedra cuesta arriba una y otra vez, sin reconocer del todo que ya han hecho ese esfuerzo antes. El mito de Sísifo no habla solo de un castigo antiguo: también habla de nosotros.
Kundera menciona algo inquietante. Cuenta que al ver ciertas fotografías donde aparece Hitler, sentía una emoción extraña porque le recordaban momentos de su juventud: la música, los amigos, el colegio. No justificaba el horror, pero mostraba algo incómodo: las personas no recuerdan la historia solo por los hechos, sino también por lo que vivían en su vida cotidiana.
Eso me hizo pensar en la palabra resentimiento, tan usada como insulto político. Sin embargo, filosóficamente es más compleja: sin resentimiento no existiría la memoria de una injusticia. Sin esa reacción emocional, la herida histórica se volvería trivial.
Quizá esa incomodidad cumple una función: recordarnos lo que parecía olvidado. Somos criaturas leves, capaces de olvidar incluso lo que más nos marcó como sociedad. Y por eso, cada cierto tiempo, la historia parece obligarnos a mirar otra vez aquello que creíamos superado.
Las historias antiguas lo sabían bien. Ningún relato existe sin su sombra. Después de todo, no existe Caperucita sin lobo.
Loretta Dalveda
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