
Carta enviada el 30 de abril 2026.
por Mata Hari
Cada jueves, cuando abro el clóset para el encuentro y escojo mis mejores vestidos -como si esto fuera una ceremonia- me hago la misma pregunta: si vale la pena. Si vale la urgencia absurda que todo esto me genera. La respuesta la sé desde el primer día, pero igual dudo. Dudar me conviene, es una forma elegante de no hacerme cargo de lo que mi mente y mi corazón resolvieron sin pedirme permiso.
Es jueves otra vez. Voy en el Uber rumbo a allá, trasladándome como una encomienda frágil, como comida a domicilio después de un click mal pensado. Miro el paisaje con una nostalgia exagerada, injustificada, como si este jueves pudiera ser el último. Siempre lo pienso. Nunca lo es. Y lo peor -o lo más nefasto- es que él lo sabe.
Lo veo. Me ofrece la mejilla, correcta, funcional, y me mira como si volviera a conocerme. Como si yo fuera alguien que aún no entiende qué hace ahí. Tiene toda la razón. Acepto ese gesto con naturalidad porque también me acomoda no saber, con mi sonrisa de siempre. La confusión, en estos asuntos, tiene algo de refugio, sin quererlo, una abriga en ella para no hacerse preguntas que ya tienen respuesta.
La vuelta es siempre breve y silenciosa. Un trayecto con música de fiesta y sin ninguna conclusión.
La despedida, en cambio, es impecable, prolija, casi profesional. Como si la pasión de unos instantes atrás, pudiera apagarse sin cenizas, como si bastara con cerrar la puerta para que cada cosa vuelva gradualmente a su lugar.
No le miento, señor Director, quisiera irme bien...sin explicaciones y sin escenas. Con esa convicción limpia-casi moral-de que no me importa nada. Pero si soy honesta, no es solo desapego lo que busco... Es otra cosa, menos noble y más humana. Quiero irme y para que se note, para que al menos, algo le falte. Para que se le desordene el mundo de la sorpresa.
Quiero usar mi cuchillo, el que he guardado en mi cajón-no para herir, no para amenazar-sino para que su filo, desarme esa confianza tranquila que tiene. Esa seguridad intachable de quien sabe que están tocando la prueba y se da permiso de no abrirla. Usted sabe que esto no es justicia ni ira injustificada. Es venganza... de ver como esta tranquilidad maquillada se rompe.
Ya no aspiro a la paz. La dejé adentro, en el cajón de su velador, dentro de un sobre sin remitente, como esas cosas que no se reclaman porque delatan demasiado. Yo no quiero explicaciones ni reconciliaciones. Quiero ese gesto final. La sorpresa mínima y cruel de quien, en la última cena, se inclina y besa la mejilla.
Mata Hari
Me encantan la idea Srta, como mi oficio se basa en los pecados y la tentación no soy ajeno a ellos, algo en la malicia y el desastre me seduce, como la idea del que anuda la soga, me deja un dulzor delicado, casi aterciopelado al paladar, no obstante si viene en forma de huracán encontrará ruinas en la arquitectura de mi marchita alma y sus ventanas rematadas con clavos similares a los que se clavaron en las muñecas de aquel famosísimo profeta, en cuanto a mi sombrero tómese toda la libertad de intentar tomarlo quizás incluso de probárselo para que experimente como se corona un rey, solo procure cuidar su delicada piel con mi cornamenta, me la otorgó la blasfemia pero la afilaron sus congeres con traiciones de grano grueso medio y fino por lo que son bastante agudos…….Casi lo olvido! No se preocupe que forjando el infierno aprendí mucho más que solo escribir decentemente, quizás se sorprendería, mantenga la cautela que la caracteriza mi escurridiza doncella….
Don Diablo, no pierda el enfoque. Una espía como yo sabe muy bien que probarse el sombrero de un diablo,aunque venga cubierto de cenizas, no combina con el dorado del lujo que porta una doncella como yo... Yo puedo ir al infierno de visita, claro, pero nunca quedarme a vivir allí. Procure ser sensato, el brillo de mis joyas podría encandilarlo, y mi mirada, profunda y paciente, tal vez terminar por dominarlo. Sepa, usted, que no todos saben sostener lo que deslumbra. Y algunos confunden tentación con poder, sin notar que hay presencias que no se poseen,
solo se contemplan... a prudente distancia... No lo olvide...
Srta. Mata Hari,
he leído sus cartas y algo en su escritura me seduce profundamente. Me pregunto cómo una mujer de su talla —espía exótica, salida de las páginas de la historia— podría, en su sano juicio, tomar una ruta equivocada en el amor.
Infiero, con la prudencia que exige su linaje, que esa venganza que busca forma parte del vestuario íntimo de una bailarina cuando aún no está sentada en el trono que le corresponde. Porque hay mujeres que nacieron para el centro del escenario, no para los márgenes.
Le recomiendo humildemente...sin necesidad de adivinar, sin conocer su rostro, que mire hacia arriba. No camine por los suburbios disfrazada de lentejuelas. Ahí abundan quienes no conocen el valor de lo bello y confunden brillo con baratija.
Le recomiendo que tenga cuidado, Srta. Mata Hari, porque no todos saben tocar lo que reluce, y algunos, al no entender de lujos, solo saben ensuciarlo.
Don Diablo, respetuosamente,no intente intimidarme. Soy espía; la cautela no es miedo, es ventaja, cuando no avanzo: estoy observando. En cambio, mientras otros hablan para imponer, yo callo para leer.
Hay seducción en sus palabras, pero advertí una rasgadura. Déjeme contarle, que la noche pasada, dejó abierta la ventana de su habitación. Y yo, entré sin tocar nada y sin darse cuenta, vi sus sueños. No había fuego ni caos. Había espera. Expectativa. Una necesidad silenciosa de ser reconocido como amenaza.
No eran los sueños de un diablo. Y ahí está la ironía.
Sepa usted, mi buen Don Diablo, que el poder real no se anuncia, se percibe. Y en el instante exacto en que alguien se sabe observado, comienza, aunque no lo admita, a perder el control. Cuídese usted será mejor Don Diablo. Le dejo un perfumado beso en la mejilla.
Atte, la espía
Mi muy querida espía, lamento el desagrado que le he causado, los sueños de este viejo demonio si son un lugar caótico, pero no responden a las tipificaciones de un film gore no no no, mi caos es más agridulce, es un amigo que me espera en un mejor lugar donde no me alcanzan las monedas para caronte, es un amor que llevo mi corazón más allá del lecho del sueño eterno donde descansa el kraken, algo así como David Jones, mi caos son un montón de notas que suenan sobre una pista, escritas con estilo sangre y lágrimas en noches eternas donde vi rayar el sol en la ventana, no me preocupa que ingrese por mi ventana, sientase libre de entrar, si quiere incluso recuéstese al lado de este amante del magma y la ceniza, es bienvenida, de mi habitación tome lo que quiera, mis cuadros, mis notas, mis pinceles, mis máquinas de tatuar y tintas todo lo que drena estas negras venas que algunos llaman arte, tome todo no escatimé si así lo desea, sepa que el diablo es más que el folclor que se entreteje en su entorno, una eternidad en el infierno me ha mostrado una y mil veces que no soy dueño de nada, por lo tanto nunca tuve nada, yo no tengo miedo de perder, solo una cosa le pediré, deje un beso en el velador junto al libro que esté de turno, solo para saber que fue ud esta vez quien se ha llevado todo…permítame tener una cita con Ud esté atenta, sabrá dónde llegar, solo no llegue tarde que el café frío pierde un poco el romance….
Don Diablo, respetuosamente,no intente intimidarme. Soy espía; la cautela no es miedo, es ventaja, cuando no avanzo: estoy observando. En cambio, mientras otros hablan para imponer, yo callo para leer.
Hay seducción en sus palabras, pero advertí una rasgadura. Déjeme contarle, que la noche pasada, dejó abierta la ventana de su habitación….Y yo, entré sin tocar nada y sin darse cuenta, vi sus sueños. No había fuego ni caos. Había espera. Expectativa. Una necesidad silenciosa de ser reconocido como amenaza.
No eran los sueños de un diablo. Y ahí está la ironía.
Sepa usted, mi buen Don Diablo, que el poder real no se anuncia, se percibe. Y en el instante exacto en que alguien se sabe observado, comienza, aunque no lo admita, a perder el control. Cuídese usted será mejor Don Diablo. Le dejo un perfumado beso en la mejilla.
Atte, la espía