
Carta enviada el 29 de abril 2026.
por Hija del Silencio
Estimado director:
Le escribo no para que me entiendan, sino para no seguir ahogándome en un silencio que ya aprendió a doler.
Crecí en una casa donde los gritos eran el idioma oficial y el miedo, el único techo firme. Mi padre no hablaba: estallaba. Y cada estallido caía sobre mi madre… y también sobre mí, aunque a veces no levantara la mano, porque hay golpes que no necesitan tocarte para quedarse.
Yo era una niña, pero ya sabía contar el tiempo en golpes, medir las noches en llanto y aprender a quedarme quieta para no empeorar la tormenta. Me tapaba los oídos, pero igual escuchaba. Siempre se escucha. El dolor no pide permiso para entrar.
Recuerdo una noche —porque esas cosas no se olvidan, se repiten— en que lloré como si el llanto pudiera hacer de escudo. Pero no protegía a nadie. Ni a ella. Ni a mí.
Y entonces, un día, mi madre decidió irse.
No hubo explicación que alcanzara. Solo una puerta cerrándose y mis manos pequeñas intentando detener lo inevitable. Le rogué que me llevara con ella, que no me dejara en esa casa que no era hogar, que no me dejara con ese hombre que ya no era padre sino miedo con nombre.
Pero se fue.
Y yo me quedé.
Ahí entendí algo que todavía me pesa: no solo duele el golpe… duele el abandono. Duele que quien debía salvarte también se salve sin ti. Duele que el amor no alcance, o no alcance para todos.
Crecí aprendiendo a sobrevivir, que no es lo mismo que vivir. Aprendí a endurecer la piel, pero no el recuerdo. Porque hay heridas que no sangran… pero tampoco cierran.
Hoy escribo porque ya no quiero seguir siendo esa niña que se quedó mirando la puerta. Hoy nombro lo que fui: hija del miedo, pero también testigo de una historia que no debería repetirse.
Y aunque me dejaron, no voy a dejarme yo.
Atentamente,
Una voz que por fin se atrevió a hablar.
Hija del Silencio