
Carta enviada el 4 de octubre 2026.
por Mata Hari
Señor Director:
Hay algo profundamente incómodo en descubrir que ciertas personas no nos cambian, sino que nos revelan. Él tiene ese efecto en mí.
Me he querido ir miles de veces... He ensayado despedidas, construido argumentos, jurado que esta vez sería distinto. Y, sin embargo, basta una llamada, un mensaje, una grieta mínima en mi voluntad, para que vuelva a responder como si nada hubiera pasado. Después me miro desde afuera y pienso: qué dramática. Él tiene razón.
Pero quizá él no provoca a la drama queen. Quizá solo sabe dónde encontrarla.
Anoche la imaginé sentada frente a mí, en un bar casi vacío. Vestía de rojo, los labios del mismo color, el cabello suelto. Fumaba con esa seguridad insolente de quien sabe que, al final, siempre consigue salirse con la suya.
Quieres un cigarro?, le pregunté. Me miró como si llevara años esperándome.
Y, de alguna manera, me conocía. La observé en silencio. Me parecía exagerada, caprichosa, demasiado sensible. Esa mujer que convierte una demora en una tragedia, un silencio en una sentencia, una mirada en un análisis interminable. La misma que quiere irse mientras, en secreto, espera que la detengan...
Me irritaba. Hasta que levanté la vista y vi el espejo detrás de ella. Tenía mi cara. Mis ojos. Mis labios.
Entonces comprendí lo verdaderamente oculto en esta situación: ella no había nacido con él. Ya estaba aquí, desde siempre... Él no la creó. No la hizo más intensa, ni más dramática, solo encontró la puerta y entró exactamente por el lugar donde yo todavía había olvidado cerrar con llaves.
Quizá por eso no lo puedo culpar del todo. Es mucho más cómodo pensar que alguien nos convirtió en algo que admitir que simplemente encontró aquello que llevábamos años escondiendo...
Así que aquella noche, en mi balcón, me quedé sentada frente a ella. Esta vez, hice el intento de no callarla. No intenté expulsarla. Ni siquiera quise convencerla de que estaba equivocada.
La dejé fumar. Y mientras el humo subía lentamente entre las dos, pensé que quizá lo lógico no consiste en matar a esa mujer, sino en dejar de llamarla ella cada vez que lo que siente me avergüenza...Porque pienso que quizá ese es el verdadero problema, señor Director. No que él despierte a la drama queen.
Sino que, cuando él se vaya, ella seguirá aquí. Y entonces entendí por qué me cuesta tanto irme. Porque irme de él no significa dejarla atrás. Significa quedarme a solas con ella.Con esa mujer que tanto me irrita, que tanto juzgo, que tantas veces intento silenciar. Con esa mujer que él no inventó. Con esa mujer que el espejo acaba de devolverme. Con esa mujer que, después de todo, siempre he sido yo.
Atentamente, la espía
Mata Hari