
Carta enviada el 24 de abril.
por Charano Saldaña
Estimado director:
Quisiera contarte mi malestar, o más bien, el dolor que vengo arrastrando desde hace años.
Porque no nació ayer, ni la semana pasada… esto viene de mucho antes, cuando aún era un niño y no entendía por qué nunca era suficiente.
Las malditas comparaciones me fueron moldeando a golpes invisibles.
Siempre había alguien mejor, alguien más digno, alguien que sí cumplía con lo esperado.
Y yo… yo era el “casi”, el que pudo haber sido, el que nunca alcanzaba.
Con el tiempo, esas palabras dejaron de venir de afuera…
y empezaron a vivir dentro de mí.
Hoy no necesito que nadie me compare, porque aprendí a hacerlo solo.
Y lo peor no es la comparación en sí,
es el resentimiento que dejó,
esa sensación constante de estar en deuda con una versión de mí que nunca existió.
Porque esas comparaciones tenían nombre, tenían origen…
venían de mi propia madre.
Siempre estaban mis primos mayores, profesionales, ejemplos de éxito,
como un reflejo constante de lo que yo debía ser.
Y yo, inevitablemente, quedaba a la sombra de esas expectativas.
Durante mucho tiempo cargué con un resentimiento silencioso hacia ellos,
como si fueran culpables de hacerme sentir menos.
Pero con los años entendí algo que me costó aceptar:
Ellos nunca fueron el problema.
Yo era distinto.
Mi camino no tenía por qué parecerse al de ellos,
aunque me hayan hecho creer lo contrario.
Hoy entiendo que no se trata de alcanzar a nadie,
sino de encontrarme a mí mismo.
Y ahora… ahora es mi momento.
Mi momento de crecer, de formarme, de convertirme en profesional,
pero no desde la comparación, sino desde la convicción.
De sanar esas heridas que he venido arrastrando,
y dejar de pelear con una versión de mí que nunca existió,
para empezar, por fin, a construir la que sí puede ser.
Charano Saldaña